Durante este tiempo de pandemia que hemos estado padeciendo no han faltado personas de diversas confesiones religiosas que a través de diversos medios han estado pregonando que el COVID-19 es un castigo de Dios que quiere ajustar cuentas con nosotros por lo mal que nos estamos comportando con Él, con el prójimo y la creación. Hay que decir de entrada que este tipo de lecturas y predicaciones no tienen nada que ver con el Dios Padre que nos ha revelado Jesucristo. De ahí que es tan necesario presentar una fe que sostenga la esperanza y mueva al amor.

La fe, la esperanza y la caridad son tres virtudes conexas, pues brotan de la misma fuente y tienden al mismo fin. La una conduce a la otra y la supone. Como decía Santo Tomás de Aquino, las tres mutuamente se engloban en una especie de sagrado circuito. Sin embargo, hay maneras de presentar, transmitir y vivir la fe, que en vez de conducir a la esperanza, la ahogan. Y, que lejos de desembocar en la caridad, la imposibilitan. Pues hay creyentes que en vez de presentar la fe cristiana como una oferta llena de sentido, que humaniza y responde a los interrogantes y anhelos de las personas, por sus insistencias o intransigencias hacen difícil la esperanza y la vivencia auténtica del amor.

También hay obstáculos sociales y personales como los que estamos viviendo que impiden que la fe, la esperanza y el amor resuenen con fuerza en el corazón de tantos seres humanos ya que son muchas las personas que ya no le encuentran sentido a la vida, viven desengañadas del presente, miran el futuro con desilusión y desencanto. Frente a este panorama no es fácil ofrecer razones para creer, esperar y amar, pero como creyentes tenemos la obligación de hacerlo pues como lo proclama el Concilio Vaticano II: «se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar» (Gaudium et Spes, 31).

Para ofrecer estas razones hay que dejar claro que la fe no se reduce a una mera creencia. La fe, como dice la Carta a los Hebreos, es «garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (11,1), en otras palabras, es sinónimo de confianza plena y total en el Dios manifestado en Jesucristo. “Con la fe, el Espíritu Santo pone en el corazón del hombre la semilla de la esperanza”. Esperanza que lejos de alienar al ser humano, lo estimula para que asuma sus responsabilidades en la lucha contra el mal y lo motiva en la construcción del Reino de Dios y su justicia.

Necesariamente la fe y la esperanza cristiana deben mover al amor. Una fe o una esperanza sin amor, son infecundas, carecen de sentido. Pues como decía San Agustín: «El que no ama, en vano cree, aunque sea verdad lo que cree; en vano espera, aunque sea cierto que lo que espera pertenece a la verdadera felicidad».

Por su parte la caridad hace fecunda a la esperanza y conduce a la fe a un mejor conocimiento. Según el Nuevo Testamento, el conocimiento de Dios sólo alcanza su plenitud en el ágape. En la caridad está la plenitud de la vida cristiana. Pero una caridad inseparable del conocimiento de Dios que da fe y confianza en la esperanza.

Así, que en estos momentos donde experimentamos miedos, tristezas, sufrimientos, desilusiones, desencantos… es muy necesario recalcar que Dios es amor, solo amor y nada más que amor. En el Dios que nos presenta los Evangelios no hay cabida para ningún proyecto negativo. Se trata de un Dios que se manifiesta y comporta como un Padre bueno, misericordioso y fiel. Un Dios que ama con pasión a la humanidad, que se preocupa por el bienestar material y espiritual, por el progreso auténtico, que anima a todos sus hijos a hacer el bien y a evitar el mal. Un Dios, Padre misericordioso de todos los hombres y que para todos quiere la salvación.

En suma, con la fe en Jesucristo y en el Reino de Dios nunca se está perdido, y la esperanza de la tranquilidad serena vuelve a aparecer en un horizonte marcado con frecuencia por el desaliento, el pesimismo, las opciones de muerte, la inercia, y la superficialidad. Incluso para un futuro digno del hombre es necesario hacer que rebrote la fe operante que genera la esperanza y se concreta en el amor.

Pbro. Jorge Andrés Tabares
Director Asociación Sacerdotal San Pablo, ASPA.