P. Jorge Andrés Tabares, ASPA

Jesús en varias ocasiones, de modo especial en el momento de su pasión, exhortaba a sus discípulos a velad y orad para no sucumbir ante las adversidades. Exhortación e invitación que también San Pablo y muchos pastores de la Iglesia a lo largo de la historia han continuado sugiriendo a las comunidades cristianas y a toda persona de buena voluntad. Velar y orar en todo tiempo y momento, tanto en los buenos como en los malos.

Velad significa estar de pie, atentos, despiertos, vigilantes ante las diversas situaciones sociales que afectan a la humanidad y que implica hacer un buen discernimiento del tiempo presente cargado de tanto dolor, sufrimiento, miedos y temores de modo que no perdamos la fe, la esperanza y así juntos contribuyamos a la solución de los problemas presentes en nuestro mundo.

Orar es cobrar conciencia de que toda nuestra vida, con sus necesidades, preocupaciones e inquietudes, está en manos de Dios. Es cierto que los seres humanos somos bastante egoístas, y nos acordamos de Dios cuando vienen las tragedias, las dificultades, cuando las cosas salen mal. Pero más vale acordarse de Él en la necesidad, confiando en su bondad, amor y misericordia, que injuriarle, reclamarle y protestarle por el mal y el sufrimiento humano.

Hay muchas maneras de orar, y tanto la oración que muchos expresan con fórmulas repetidas durante siglos por muchas generaciones como la que nace en los momentos de apuro y zozobra, y pienso, que es de la gran mayoría de personas que, de ordinario viven bastante olvidadas de Dios, son válidas y son las que necesitamos en el momento presente. Y en estos momentos, la preocupación dominante de muchos creyentes (y no creyentes) se llama “coronavirus”. Por eso, es bueno, y necesario orar por los infectados, por sus familias, por las autoridades sanitarias y, en general, por todas las organizaciones y personas que están ayudando y cooperando para frenar esta epidemia.

Como creyentes debemos tener claro que el mal, el sufrimiento, las enfermedades, en este caso el “coronavirus” no es voluntad ni castigo de Dios, hace parte de la naturaleza finita, es una de las muchas desgracias naturales que a lo largo de la historia han desolado a la humanidad. También el mal y el sufrimiento, en cierto modo, es fruto de la libertad humana porque no hemos cuidado bien nuestra casa común y a nuestros hermanos con justicia y santidad.

Ahora bien, frente al mal y sufrimiento más que buscar explicaciones debemos tomar partido a favor del bien, pues la actuación de Dios para que desaparezca el virus pasa a través de la mediación humana, de la medicina, de las precauciones que debemos tomar, del cuidado mutuo que debemos darnos. ¿Y qué podemos aportar juntos en este momento de crisis?

a) Tomar las medidas adecuadas que sugiere la Organización Mundial de la Salud, los gobiernos y las instituciones locales para no contaminarnos y no contaminar.
b) Cuidar de los enfermos y cuidarnos a nosotros, recordando que todos somos solidarios y que dependemos los unos de los otros.
c) Fortalecer la fe a través de las celebraciones virtuales (oración, eucaristía, devociones populares, etc.,). De este modo alimentamos nuestra vida para vivir comprometidamente (en la medida de nuestras posibilidades) el mandamiento del amor.

d) Y como lo he indicado anteriormente y lo ha sugerido la Conferencia Episcopal Colombiana “este es un momento propicio para confiar en la eficacia de la oración”. Oremos unos por otros y por todos.

En definitiva, el aporte que debemos hacer como creyentes en los momentos de crisis y donde debemos marcar la diferencia, está en solidarizarnos con el que sufre y humanizar el mundo con amor a ejemplo de Jesús que pasó haciendo el bien.